
3’ 30”

A Pedro Agustín
El otro día escuché a Carlos Alsina hablar del rakiré, eso que en Burkina Faso llaman “parentesco bromista”: insultarse y ofender, como un deporte civilizado para saludar a los amigos.
No hace falta ir a Burkina Faso.
En cualquier tertulia de jubilados puedes oír los peores improperios —sin faltar, eh— mientras se discute sobre política, fútbol o el punto exacto del arroz.
Resulta que Pedro Agustín es experto en Historia de Europa.
Y yo… yo ni me acuerdo de la frivolidad que dije sobre la Patrona de Francia.
De lo que sí me acuerdo es de la retahíla que disparó.
Porque Pedro no suele ser vehemente… salvo que critiques al Real Madrid, hables bien de Simeone o digas alguna tontería sobre un concepto histórico bien temperado. Entonces te cae la del pulpo de cuando no había congeladores domésticos, en lo alto de la cabeza.
—Perdona, Pedro, tienes razón.
Lo dices como puedes, entre la lluvia de datos, fechas y precisión histórica.
Y entonces ocurre el milagro.
Silencio.
Un resorte invisible se activa y, de pronto, a otra cosa mariposa. Como si no hubiera pasado nada.
Rakiré, versión tertulia de cafetería.
Y sin embargo algo queda en el ambiente;

Juana de Arco, la Pucelle d’Orléans, decía escuchar voces —las del arcángel Miguel y las santas Margarita y Catalina— y con eso se plantó, siendo casi una niña, en mitad de la Guerra de los Cien Años. Al parecer fue larga. Un disparate.
Juana con 17 años, convenció a Carlos VII de Francia, para que la enviara a liberar el asedio de Orleans y en nueve días liberó la ciudad —que se dice pronto—. Y llevó al futuro rey hasta su coronación en Reims.
Luego la capturaron.
Los borgoñones la vendieron a los ingleses.

Y un obispo, Pierre Cauchon, decidió que aquella muchacha que oía voces debía arder.
Veinticinco años después, el papa Calixto III anuló el juicio.
Demasiado tarde para ella. A tiempo, quizá, para la conciencia de los demás.

Lo burro que debió ser el obispo Cauchon. Esa, improbable lector, es otra historia.