250 años

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En 2026 se conmemoran los 250 años de la independencia de Estados Unidos (1776), un hito que inspiró la construcción de las democracias modernas. Sin embargo, conviene recordar que aquellos principios de libertad e igualdad no alcanzaban a todos por igual.

La Constitución estadounidense, aprobada en 1787 y en vigor desde 1789, reconocía derechos fundamentales, pero excluía de la participación política a las mujeres, que no obtendrían el derecho al voto hasta 1920 con la XIX Enmienda. Es decir, tuvieron que pasar más de 130 años desde la Constitución para que las mujeres pudieran votar en igualdad de condiciones.

En Europa, la voz de Olympe de Gouges se alzó de forma extraordinariamente precoz. En 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, donde denunció que la igualdad proclamada por la Revolución Francesa excluía a la mitad de la humanidad. Su célebre afirmación sigue siendo un referente: «Si la mujer tiene derecho a subir al cadalso, también debe tener el derecho a subir a la tribuna». Su defensa de la igualdad le costó la vida, al ser ejecutada en 1793.

Más de un siglo después, la lucha sufragista continuaba. En España, Clara Campoamor protagonizó uno de los debates parlamentarios más importantes de nuestra historia. Gracias a su firme defensa de la igualdad, la Constitución de la Segunda República reconoció en 1931 el derecho de las mujeres al voto, que pudieron eje
rcer por primera vez en las elecciones generales de 1933.

Las fechas hablan por sí solas. Desde la Constitución de Estados Unidos (1787) hasta el voto femenino en ese país (1920) transcurrieron 133 años. Desde la reivindicación de Olympe de Gouges (1791) hasta el sufragio femenino en España (1931), pasaron 140 años. Estos datos muestran que la democracia fue, durante mucho tiempo, una democracia incompleta.

Por ello, al recordar los grandes aniversarios de las constituciones y de las revoluciones liberales, también es un acto de justicia poner en valor a mujeres como Olympe de Gouges y Clara Campoamor. Ellas recordaron que la libertad, la igualdad y la ciudadanía solo adquieren su pleno significado cuando incluyen a todas las personas, sin distinción de sexo. Su legado no corrige la historia: la completa adecuadamente. En el debate parlamentario de 1931 quienes con mayor fuerza se opusieron a Clara Campoamor fueron, sobre todo, Victoria Kent y Margarita Nelken, ambas diputadas de la izquierda republicana y socialista. Esa demócrata lector, es otra historia.

Atendiendo a la sugerencia de mi antiguo vecino de pupitre Vicente Martínez Gadea, aquí viene la otra historia.

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La otra historia

En el debate parlamentario de 1931,  Kent defendió aplazar el voto femenino porque temía que muchas mujeres, influidas por la Iglesia y por estructuras tradicionales, votaran conservadoramente. Nelken también se mostró contraria en aquel momento, aunque desde una perspectiva distinta, al considerar que la prioridad debía ser antes la emancipación social y educativa.

A esa oposición se sumaron varios dirigentes republicanos y socialistas, entre ellos Manuel Azaña e Indalecio Prieto, que compartían el temor de que el sufragio femenino beneficiara a las derechas en las primeras elecciones.

Frente a ellos, Campoamor sostuvo que negar el voto a las mujeres por miedo a su orientación política era una contradicción con los principios democráticos.

Por eso, el debate no fue solo entre hombres y mujeres, sino entre dos concepciones de la democracia: una que quería aplazar la igualdad por cálculo político y otra, la de Campoamor, que defendía reconocerla sin condiciones. Posiblemente Clara les dijo a Indalecio y a Manuel: – nenes no piséis por donde friego-

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