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«La ventaja de no tener razón es que no te la pueden quitar«. (J. J. Millás).

Allá por el siglo XVIII Don Manuel Kant le aconseja a Millás en su última columna, publicada en La Opinión del lunes 16 de marzo del 26: el noúmeno es el objeto tal como es «en sí» mismo, independientemente de nuestro modo de conocerlo, al que denomina «la cosa en sí». Kant lo opone al fenómeno, al objeto tal como es para nosotros. Aceptando que si bien todo nuestro conocimiento empieza con la experiencia, no todo procede de ella, dando a entender que la razón juega un papel importante. Kant argumentaba que la experiencia, los valores y el significado mismo de la vida serían completamente subjetivos si no hubiesen sido asumidos por la razón pura. Usar la razón sin aplicarla a la experiencia, nos llevaría inevitablemente a ilusiones teóricas. Por consiguiente, afirma Millás: «El que tiene razón vive en un estado de alarma permanente. El que no la tiene pasea ligero. No necesita demostrar nada».

Al parecer, tanto D. Manuel Kant como Don Juanjo Millás coinciden: tener razón es muy trabajoso. Para mantenerla hay que defenderla a capa y espada, luchando contra bulos, opiniones disparatadas, manifestaciones obsoletas, mentiras piadosas, etcétera…

Virgencita que me quede como estoy.  A lo Groucho Marx, tengo «estas razones«, son mis principios, y si no le gustan, estimado lector, tengo otros»… Esa es otra historia.

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