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Hubo un tiempo en el que, a veces, tuve que madrugar

A Pepe, Pura, Vicente y Chelete

El hemiciclo está vacío a las siete de la mañana. Las luces aún no han terminado de imponerse a la penumbra. Los escaños, alineados y mudos, parecen más disciplinados que cuando están ocupados. No hay aplausos, ni murmullos, ni insultos. Solo madera, alfombras y silencio.

En una de las primeras filas, un diputado “pro” repasa sus notas. Por un instante piensa en el verano,  en una piscina silenciosa, sin escaños ni micrófonos. Luego vuelve al folio.

No hay cámaras. No hay adversarios. No hay redes sociales esperando la frase viral. Solo unos papeles subrayados y un café que empieza a enfriarse.

Ensaya la intervención. La lee en voz baja. Tacha un adjetivo demasiado enfático. Sustituye “inaceptable” por “imprudente”. Sabe que la política no es literatura: el exceso se paga caro.

Revisa cifras. Ajusta datos. Repasa el reglamento. A las once y media, cuando el hemiciclo esté lleno, el adversario buscará el error con lupa.

En este instante, la política es técnica. Es método. Es disciplina.

Pero cuando se levante para subir a la tribuna, algo cambiará. El silencio se transformará en atención. La frase necesitará ritmo. La pausa contará tanto como la palabra. Habrá que medir la intensidad, mirar a un lado y a otro, detectar el murmullo que se anticipa a la réplica.

Entonces aparece el arte antiguo de la retórica: saber cuándo acelerar, cuándo bajar la voz, cuándo dejar una frase suspendida en el aire para que el adversario no sepa cómo reaccionar.

La política moderna exige una combinación incómoda: precisión técnica y sentido del espectáculo; cálculo y emoción; paciencia y audacia.

El hemiciclo vacío no engaña. Sin público, la política se parece a un taller. Con público, a un escenario. La diferencia entre un político mediocre y uno consistente no está en la ideología, sino en la capacidad de alternar ambos registros sin confundirse.

Tal vez ahí esté la respuesta. La política no es exactamente un arte, ni exactamente una función administrativa.

Es el arte —difícil— improbable lector, de ejercer una función pública.

“El orden por sí mismo no tiene capacidad creadora. La sensibilidad sin orden deviene sensiblería.” (Louis Kahn, arquitecto).

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