Un “win-win” para un político “pro”

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“«Win-win» —ganar-ganar— es una expresión importada por la gente moderna, procedente del mundo de los negocios. Describe un acuerdo en el que todas las partes obtienen algún beneficio. No hay vencedor ni vencido. Hay cooperación estratégica. Se supone que es lo contrario del choque frontal, del “cuanto peor mejor”, del todo o nada”.

Es, al menos en teoría, una forma civilizada de entender el conflicto.

«Pro” es una palabra que los jóvenes utilizan para señalar excelencia. Ser “pro” no es solo ser profesional. Es dominar el terreno. Es estar preparado. Es convertir la habilidad en identidad. En los videojuegos, en la tecnología, en política o en cualquier disciplina que exija entrenamiento constante, el “pro” no improvisa: se entrena y aprende.

He pensado en estas dos expresiones —»win-win»y “pro”— al observar la evolución parlamentaria de Gabriel Rufián.

No comparto necesariamente todas sus posiciones. Pero negar su progreso sería injusto. En sus primeros años, su estilo estaba más cerca del impacto viral que del argumento. Con el tiempo —y el rodaje— se ha ido afinando. Sigue manteniendo ese tono de aparente espontaneidad, esa frase que parece recién improvisada, y se sospecha que detrás hay un trabajo previo. La ocurrencia eficaz la trabaja en su despacho desde las seis de la mañana. Es madrugador y ya se sabe: a quién madruga… “Que la inspiración te pille trabajando”, que dijo Pablo Picasso.

La política, en el fondo, es el arte de ejecutar con precisión aquello que no puede improvisarse. Y eso exige oficio y orden.

La izquierda española lleva años instalada en una fragmentación que diluye su fuerza. Siglas que compiten entre sí por el mismo electorado, matices ideológicos que se convierten en fronteras infranqueables, liderazgos que no suman…

Y se nos ocurre, a mí y a mis lectores, si no sería más coherente aplicar la lógica del win-win a la dispersa izquierda, y acudir a las urnas en una sola candidatura.

El votante progresista medio no siempre entiende la proliferación de marcas. Percibe dispersión donde debería haber estrategia. Y en política, la percepción pesa tanto o más que el programa.

El win-win no es ingenuidad. Es cálculo. Es comprender que, en determinados momentos históricos, la cooperación genera más poder que la pureza ideológica.

Quizá por eso la figura del político “pro” resulta interesante. Porque combina dos dimensiones que no siempre conviven: identidad clara y técnica depurada. No basta con tener razón; hay que saber administrarla. No basta con la convicción moral; hace falta arquitectura parlamentaria. A mis cortas luces, el aprendizaje efectuado por un parlamentario como Rufián tiene algo pedagógico: la política no es solo ideología; es oficio. Y el oficio se pule. Ser “pro”, en este contexto, no es un elogio superficial. Es reconocer que el debate público exige preparación, estudio, constancia. Que la política no puede sostenerse eternamente sobre la indignación o el gesto. Porque el win-win exige algo más difícil que el talento individual: exige renuncia compartida.

O como dice Joan Tardà: “Si no logramos el frente que propone Rufián y gana la derecha, se nos caerá la cara de vergüenza”. Ea.

Por ahora votaré en blanco. Esa, implicado lector, es otra historia.

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