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Hace unos días tropecé con una palabra nueva: Therian.

Evidentemente no estaba en mi diccionario. Lo más parecido en el diccionario etimológico era licantropía: el término describe la capacidad mítica de transformación de un humano en lobo. En medicina, es un trastorno mental donde el paciente cree ser un lobo. Un therian, me explica la ChatGPT: “es alguien que siente que su identidad -no su cuerpo, sino algo más sutil- pertenece también a un animal. No es que crea transformarse físicamente, como en las viejas leyendas de paisajes brumosos, sino que se reconoce interiormente en la respiración de un lobo, o en la soledad de un oso”.

No pude evitar sonreír. Si uno repasa la historia, o mira hacía los líderes de países teóricamente civilizados, ¿hemos dejado de ser medio animales?

Nuestros dioses tuvieron cabezas de chacal, alas de halcón… o paloma. . El muchacho therian no vive en un bosque, sino en un piso con ascensor. No caza ciervos; caza conexiones a Internet.  Hay quien se siente caballo desbocado a los veinte años y quien envejece como un gato al sol. Lo que antes llamábamos metáfora ahora lo llamamos identidad. Internet no ha inventado el desasosiego; pregúntate amigo lector, cómo fue tu adolescencia.

Y en un tiempo donde todo parece líquido -profesiones, pareja, afectos, certezas- quizá algunos jóvenes prefieren anclarse en algo más antiguo que cualquier ideología: el instinto. El ser humano nunca fue tan sólido como ha creido. Sólo tenía menos opciones para cambiar.

Hoy la identidad es fluida porque la realidad lo permite. ¿De dónde viene el therian? Viene del mito, del espejo primitivo donde el hombre veía su reflejo mezclado con algún animal tan depredador como él. Y viene también del siglo XXI, de pantallas de internet que permiten decir lo que en una conversación habitual sería motivo de chanza. ¿Adónde va el therien? Tal vez se diluya como tantas tribus digitales. Tal vez se convierta en estética, en moda pasajera. O tal vez simplemente sea una etapa en la larga adolescencia de la humanidad, que aún no termina de decidir si quiere ser pura razón o seguir oliendo el viento.

Lo inquietante sería que nadie sintiera ya nada salvaje en su interior. Porque el día en que todos seamos completamente cívicos, quizá nos bastará con un buen sofá. Esa, improbable lector, es otra historia.

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