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A Jose Manuel Vivancos

Con la mano en el pecho derecho

Yo a Chole le hago mucho caso, porque hace observaciones muy oportunas sobre mis relatos.
La última observación tuvo su gracia. Me dijo -Antonio vas bien. Todo bien, un poco largos, no llegues a los tres minutos,eso sí, no te metas mucho en política, tú escribe de tus cosas-.
Me recordó a Franco cuando le daba consejo a uno de sus ministros. -Haga como yo, no se meta Vd. en política-
Ya te he dicho improbable lector, que a Jose Manuel le hago mucho caso. Hoy es la excepción que confirma la regla.
Así que ante la rabiosa actualidad política inicio un relato sobre literatura. Espero que no me riña.

«En un lugar de la Mancha,» Pablo Echenique, mi esposa y yo pensabamos que la libertad, -como valor político, es decir civilizado-, no puede subordinarse enteramente a la conservación del poder. La acción política que compromete a la transparencia, a la equidad institucional y a la deliberación democrática, por mucho que se presente como progresista, reproduce precisamente aquellos mecanismos de opresión que Cervantes denunció a través del humor y la metáfora. Cervantes vivió bajo el autoritarismo de los Austrias, conoció la cárcel, la guerra y el hambre, y no fue ajeno a las formas tanto sutiles como brutales del poder. Por ello, su concepción de la libertad —a menudo filtrada por la ironía y la parodia— tiene un carácter profundamente político. Don Quijote encarna la aspiración a actuar conforme a ideales, aunque estos se vean frustrados por una realidad pragmática y muchas veces grotesca como su desigual batalla contra los molinos. En su cabeza, es la representación del mal contra la libertad. En este sentido, la libertad no se limita a un marco jurídico/formal, sino que se define como una disposición interior que exige coherencia moral, resistencia frente a la injusticia y valentía ante el poder. El caballero andante, aunque malferido y magullado, no renuncia a la idea de que hay causas que valen más que la oportunidad. Por eso su defensa de la libertad es tan radical: nace del convencimiento de que sin ella, la vida se convierte en mera apariencia, en rutina sometida.
Hoy, en plena crisis institucional en España, esta noción cervantina resuena con una fuerza inquietante. El Partido Socialista Obrero Español, históricamente vinculado a la defensa de los derechos y libertades públicas, se enfrenta a una encrucijada. En su intento por mantener la gobernabilidad y sostener una mayoría parlamentaria, ha debido ceder a exigencias que comprometen a la independencia judicial, el equilibrio territorial y el respeto institucional.

Dos siglos antes de Cervantes, Maquiavelo, (S XV) -que tampoco es mal coche- explora diferentes tipos de principados, y la necesidad de adaptación a las circunstancias cambiantes. Nicolás discute la relación entre el gobernante y sus súbditos, argumentando que la astucia y la prudencia son esenciales para el éxito.
«La reputación de un príncipe es crucial, y debe evitar el desprecio y el odio».
El dilema cervantino no es menor: ¿puede un partido que se dice progresista y defensor de la libertad sacrificar los pilares de la democracia representativa para preservar su poder ejecutivo?
Cervantes, desde la ficción, nos recuerda que la libertad no es un concepto negociable ni una herramienta de propaganda, sino un principio rector que debe orientar toda acción pública. En el contexto actual, el PSOE se encuentra ante el dilema clásico entre poder y virtud. No basta con apelar a la legalidad o a la necesidad parlamentaria: se requiere una reflexión profunda sobre el tipo de democracia que se quiere construir y defender.