La belleza que viaja en el tiempo, o la muchachita que bien se merece un relato

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Avenio permaneció un tiempo frente al retrato de la excelente muchacha. No sabía quién era aquella bella doncella, ni cuándo había vivido exactamente. Bastaba contemplarla para comprender que alguien había querido detener el tiempo en el instante más favorable de su juventud. Había algo en su expresión que escapaba a las modas. Tal vez la serenidad de la mirada. Tal vez la discreta inclinación de la cabeza. O quizá esa misteriosa armonía corporal que, desde hace siglos, los artistas persiguen sin llegar nunca a definir del todo. Resulta curioso comprobar cómo los cánones de belleza cambian con una facilidad sorprendente. Lo que una generación considera irresistible puede parecer algo ordinario a la siguientes. El siglo XX fue un magnífico laboratorio de esas transformaciones. En sus primeras décadas se admiraban las figuras elegantes y refinadas de la Belle Époque; después llegaron los años veinte, con mujeres de cabello corto y silueta casi adolescente. Las décadas posteriores alternaron curvas generosas con figuras esbeltas. Hollywood convirtió a algunas actrices en diosas universales.

Mientras, las revistas imponían nuevos modelos casi cada diez años. En los años sesenta la delgadez adquirió prestigio;

en los ochenta se admiraban los cuerpos atléticos; y, a finales del siglo XX aparecieron las supermodelos, elevadas a la categoría de iconos planetarios. El siglo XXI aceleró todavía más ese proceso. Las redes sociales, los filtros digitales y la inteligencia artificial comenzaron a fabricar una belleza casi imposible, corregida hasta el último detalle.

Rostros simétricos, piel sin imperfecciones, sonrisas diseñadas por algoritmos y fotografías capaces de borrar cualquier huella del tiempo.

Paradójicamente, mientras la tecnología perfeccionaba las imágenes, muchas personas empezaban a cansarse de tanta perfección.

Poco a poco fue recuperando valor aquello que nunca debió perderlo: una arruga que habla de una vida, una sonrisa imperfecta, una mirada sincera o una expresión capaz de transmitir emociones auténticas. ¿Y el siglo XXII? Es fácil imaginar una sociedad en la que la biotecnología permita modificar casi cualquier rasgo físico. Tal vez el color del iris de los ojos cambie, igual que hoy cambiamos de ropa. Quizá la estatura, el tono de la piel o incluso la forma del rostro puedan elegirse antes del nacimiento, o modificarse en la vida misma.

En un mundo así, donde todos puedan acercarse al ideal de belleza que deseen, ocurrirá algo inesperado: la belleza dejará de ser extraordinaria, precisamente porque será demasiado común.

Quizás entonces volverán a apreciarse los pequeños accidentes de la naturaleza. La nariz ligeramente torcida. Una cicatriz. Un gesto espontáneo imposible de programar. La personalidad volverá a cotizar más alto que la perfección. Puede que el mayor atractivo del futuro sea aquello que ninguna tecnología consiga fabricar: la autenticidad. Y mientras ese futuro llega, la muchacha del retrato continúa observando en silencio a quienes se detienen frente a ella. Ha sobrevivido a modas, guerras, revoluciones, cambios de gusto y avances científicos. Lo que para unos fue el ideal femenino de su tiempo, para otros es una belleza clásica y, para otros, simplemente un rostro agradable. Ella no sabe nada de cánones estéticos. Solo permanece allí, inmóvil, demostrando que la verdadera belleza nunca ha consistido únicamente en unos rasgos determinados, sino en la extraña capacidad de despertar una emoción en quien contempla un rostro y siente, por un instante, que el tiempo ha dejado de correr.

Lo de la imagen de las chicas, en un futuro no muy lejano, estimado lector, es otra historia que nos sorprenderá, como siempre.

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