NO HAY QUINTO MALO (Fábula del viejo lobo y los chacales)

El viejo lobo observaba el valle desde una roca.

Abajo, las manadas discutían.

Unas gritaban contra las otras.

Los unos acusaban.

Los otros respondían.

Cada grupo estaba convencido de que la amenaza vivía al otro lado del río.

El lobo llevaba demasiados inviernos contemplando aquel espectáculo para dejarse impresionar.

Porque había aprendido algo sencillo.

Los enemigos cambian.

Las costumbres permanecen.

Descendió hasta el sendero principal.

Allí encontró a un joven lobo que hablaba sin descanso.

Señalaba culpables.

Enumeraba traiciones.

Explicaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos.

Cuando terminó, esperaba aprobación.

Pero el viejo lobo permaneció callado.

—¿No estás de acuerdo? —preguntó el joven.

—A veces sí. A veces no.

—Entonces, ¿quién tiene razón?

El viejo sonrió.

—Ésa es la pregunta equivocada.

Siguieron caminando.

Al poco tiempo encontraron a una banda de chacales.

Se insultaban entre ellos mientras se repartían el botín.

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—Míralos bien —dijo el viejo.

El joven observó.

—No parecen amigos.

—Porque no lo son.

—Pero pertenecen a la misma banda.

—Precisamente.

Los chacales siguieron discutiendo hasta que uno aprovechó un descuido y robó parte del botín de los demás.

Nadie pareció sorprendido.

—¿Sabes por qué? —preguntó el viejo.

El joven negó con la cabeza.

—Porque entre quienes viven de la mentira, la mentira acaba siendo una costumbre.

Entre quienes viven del engaño, el engaño deja de escandalizar.

No hay honor entre ladrones.

Continuaron avanzando.

Horas después llegaron al río.

En la otra orilla había dos animales conversando.

Pertenecían a manadas distintas.

Defendían ideas distintas.

Y probablemente jamás votarían por el mismo jefe de la manada.

Sin embargo hablaban con respeto.

A veces discrepaban.

A veces se corregían.

A veces se incomodaban mutuamente.

Pero ninguno parecía dispuesto a decir algo que no creyera verdadero.

—Eso sí es raro —murmuró el joven.

El viejo asintió.

—Mucho más raro de lo que imaginas.

Porque la mayoría de los animales admiran la lealtad.

Pero la lealtad es barata cuando consiste en repetir lo que esperan escuchar los tuyos.

Lo difícil es conservar la dignidad cuando tu propia manada preferiría que callaras.

El joven permaneció en silencio.

—He oído historias de animales así —continuó el viejo—. Tan distintos entre sí como pueden serlo León XIV y Gabriel Rufián.

Uno habla para millones en todo el mundo.

El otro para una parte concreta de su país.

Pero la importancia de una voz no siempre se mide por el tamaño del auditorio.

A veces se mide por el precio que está dispuesto a pagar quien la utiliza.

El joven observó el río.

—Entonces, ¿qué distingue a los animales honorables?

El viejo respondió sin detenerse.

—Que intentan decir lo que creen verdadero incluso cuando les perjudica.

No siempre aciertan.

No siempre convencen.

No siempre tienen razón.

Pero todavía conservan algo que los chacales perdieron hace mucho tiempo.

El respeto por su propia palabra.

El sol comenzaba a ocultarse.

Las discusiones seguían resonando en el valle.

Las manadas continuarían peleando.

Los jefes seguirían cambiando.

Los eslóganes nacerían y morirían.

Como siempre.

Pero el viejo lobo sabía que los bosques no se sostienen gracias a quienes gritan más fuerte.

Se sostienen gracias a quienes aún consideran una vergüenza mentir.

Y mientras exista un puñado de animales así, siempre quedará un sendero por el que regresar.

Estimado lector, pienso que a esta fábula le sobran animales. Esa es otra historia.