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A Ana Lorca, esperando su pronta recuperación
“Lo esencial es invisible a los ojos.” Antoine de Saint-Exupéry
Dicen que antes de que el hombre -y la mujer- aprendieran a hablar ya sabían muchas cosas.
No podían nombrarlas, las entendían.
En el centro del clan, el chamán no era el más fuerte. Era el que recordaba. Era capaz de reconocer lo que ya había ocurrido antes de que ocurriera. Lo había aprendido del chamán anterior. Nadie supo nunca exactamente cómo.
Mucho tiempo después, Carl Gustav Jung pondría nombre a algo parecido: el inconsciente colectivo. Como una especie de memoria sin recuerdos, un saber sin aprendizaje, un idioma sin palabras: un eco antiguo que aún resuena en nosotros.
Porque hay cosas que seguimos entendiendo sin que nadie nos las explique.
Un niño que teme la oscuridad no ha leído todavía cuentos de Edgar Allan Poe.
Un hombre que sueña con caer, lo hace desde un lugar donde nadie le enseñó a temer la caída.
Son imágenes que no hemos inventado. Nos han sido dadas en nuestro inconsciente.
Jung habló de arquetipos: figuras que habitan en lo más profundo de nuestra mente. Tal vez aquel primitivo chamán del que nadie sabía bien qué sabía. No heredaba recuerdos, sino cómo mirar.
No lo que debía recordar, sino el modo de encontrarlo. Y, algo se perdió. Porque con el tiempo llegaron las palabras. Primero torpes, luego precisas, después abundantes.
Nombramos el mundo con una eficacia admirable: clasificamos, describimos, argumentamos.
En ese proceso —quizá sin darnos cuenta— empezamos a confiar más en lo que se dice que en lo que se siente.
Hoy hablamos mucho. Tal vez demasiado. Y, sin embargo, a veces ocurre. En medio de una conversación banal, alguien calla de repente. Y otro —sin saber por qué— comprende.
No hay argumento. No hay explicación. Solo una certeza compartida, breve y luminosa, como una chispa.
Dura poco. Al tiempo, alguien la cubre con palabras.

Porque, como advierte Álex Grijelmo, las palabras no solo sirven para decir: sirven para influir, para modelar, incluso para distorsionar lo que creemos entender.
Tal vez no sustituyeron aquella vieja intuición. Tal vez la disfrazaron. Y, sin embargo —sería injusto no reconocerlo—, cuando están bien elegidas, cuando encuentran su tono justo, las palabras logran algo extraordinario: seducir.