(Prefiero un buen artesano antes que a un pésimo «artista»)
“El mundo es obra de un artesano que quiso que todo fuera bello y bueno.” –Platón– (Timeo), y si no lo dijo exactamente así; estuvo a punto de hacerlo.-
Timeo
Hay mañanas en las que el café tarda en enfriarse más de lo razonable, como si el tiempo permaneciera. Una de esas mañanas, en «El Ameno» (antes «Moralito»), la televisión de la cafetería, sin sonido, mostraba a Donald Trump gesticulando ante un atril. Era como si su imagen formara parte del mobiliario: como una lámpara, como un póster o como las copas de cristal ordenadas boca abajo encima de la barra… Pensé entonces en «el demiurgo» de Platón, ese que a veces imagino cuando mi mundo se desordena. Entonces preciso a alguien que venga, ajuste, coloque y simplifique. Alguien que no dude. Cómo Harvey Keitel en el papel de “Señor Lobo” de Pulp Fiction.


El demiurgo, en Platón, no grita. No compite. No necesita convencer. Ordena porque sabe hacer buen uso del orden. Otra cosa es un ciudadano honesto que se implica en poner orden mediante reglas democráticas, -haberlos hailos-. Volví a mirar la pantalla de la tele; había en el gesto de Trump algo que rozaba esa tentación demiúrgica: llegué a la convicción de que el desorden tiene una causa clara y, por tanto, una solución simple. Como si el mundo fuera un mecanismo al que le sobra un tornillo … y bastara con retirarlo.
Y vuelvo a la frase de despedida de Lobo (se dirige a ellos mientras mira a su novia del desguace de coches y dice: “El hecho de que seas un personaje no quiere decir que tengas personalidad.”
El demiurgo verdadero -si existiera- entendería muy a su pesar: que el mundo no está roto del todo, y que arreglarlo demasiado a su manera, puede ser otra forma de despedazarlo. El café, mientras tanto, se había quedado frío.
Pensé -improbable lector- que quizá el error no está en que algunos líderes se crean demiurgos, sino en que nosotros, a ratos, deseamos que lo sean. El líder te ahorra un esfuerzo: el de convivir con el desorden, y de paso, nos evita el trabajo más incómodo: ponernos de acuerdo.
Acabé mi carajillo de Famous Grouse, pagué y me dirigí a casa. Entendí, con cierta resignación —o tal vez con un leve alivio— que la política no necesita un demiurgo que la controle, sino ciudadanos capaces de sostenerla sin pedir lo imposible. A ritmo de democracia, mientras no se invente algo mejor, claro.

Esa, paciente lector, es otra historia.
