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No tendría más de doce años. Siempre que podía me iba solo al Cinema Iniesta. Por mi edad, los demás cines de Murcia me venían lejos, salvo el Cine Coliseum, que estaba cerca de casa. La pega era que el portero del Cine no se casaba con nadie y menos con los zagales menores de catorce años. En el Iniesta había un portero con manga ancha que a mi me dejaba entrar, provocando un ritual de miradas entrecortadas y, dándome al final, la venia para entrar. Esto de ser hijo único tiene sus ventajas; al ir solo, no montaba algarabía. Por lo general, ir al cine me resultaba fácil: o mis padres lo sabían o pensaban que estaba jugando en el jardín de Floridablanca.
Una tarde, por ahora inolvidable, me encontré con un pedazo de película que llamó mucho mi atención. Era en blanco y negro, en formato de 36 mm. Con un personaje desconocido para mí, de aspecto grandullón con una melopea del 15, intentando pisar el reflejo de la luna en un charco. El caso es que, a mis cortas luces, “El Déspota” me pareció un peliculón, y a pesar de descubrir mí infiltración en el Cinema Iniesta, mi padre tuvo una sonrisa complaciente cuando le informé de aquella película. Con el tiempo tuvo al director de cine David Lean en muy alta estima. (El que no se parece a su padre es un animal).


En la película, Lean planteaba una puesta en escena usando los todavía poco frecuentes travellings y grúas. Y Laughton y Mills, tampoco es mal coche, rellenando la película. Con el tiempo comprobé que no me había equivocado. Mi olfato para el buen cine funcionaba desde niño.
Pasadas dos navidades, mi padre tuvo que ir a sacarme del Cine Capitol, en Cieza. Era sesión continua y yo iba por la tercera sesión, sin merienda y ya en hora de cenar. Me fui al cine sin decírselo a mis primos. Vértigo de Hitchcock, me la vi casi tres veces seguidas, hasta que el acomodador me sorprendió con su linterna y mi padre detrás, resignado, diciéndome que ya podía haber avisado. No sabían dónde me había metido y andaban buscándome algo angustiados.

Vertigo
En cuestiones de cine mi padre siempre fue tolerante. Esa es, expectante lector, otra historia.