
1809 – 1885


A Pura Rodríguez y a sus hermanos, esperando les guste
Los años comprendidos entre 1848 y 1914 constituyen, según Magnus Levy, la edad heroica de la medicina alemana. Los esfuerzos desarrollados por la llamada generación intermedia —Johannes Müller, Schönlein, Schwann y Friedrich Henle, entre otros— permitieron que la anatomía patológica, la fisiología y la microbiología alcanzaran un nivel espectacular, y que la medicina clínica ganara en calidad cuando aprendió a obedecer los postulados del laboratorio.
Es en ese contexto donde ha de situarse la obra de Friedrich Henle. Si a Schwann se le atribuye la formulación de la teoría celular, a Henle le corresponde su aplicación a la anatomía microscópica: fue él quien publicó el primer tratado de Histología. Sus descubrimientos resultaron descomunales. Tengo uno de ellos por inolvidable: el hallazgo, en 1862, de la formación renal que lleva su nombre —el asa de Henle—, que explica cómo se concentra la orina en el riñón, y eso cuando todavía no se empleaba la tinción clásica de hematoxilina y eosina.

Viene esta retahíla a propósito —si has conseguido leer hasta aquí— de uno de esos recuerdos reiterativos que aparecen de tiempo en tiempo sin venir a cuento: inexorables. En mi época de estudiante de Arquitectura en Madrid pasé cuatro años procrastinando, inmaduro y disperso. Entonces conocí a una joven enfermera, espigada y de ojos claros. Cada vez que ella iba al baño le daba gracias al cielo: trabajaba en la Unidad de Riñón del Gregorio Marañón y tenía clarísima la importancia de esa función fisiológica, y las nefastas consecuencias de su mal funcionamiento.
Por esas vueltas de la vida, ya como «estudiante verdadero» de Medicina, me hice alumno interno en la Cátedra de Histología. Cuando me enfrenté a la estructura microscópica del riñón, regresaron -obviamente- los recuerdos de aquella estupenda enfermera de ojos claros.
Desde entonces ese recuerdo es una más de las muchas vivencias que conservo, como las tinciones de plata del italiano Golgi que, modificadas y mejoradas por don Santiago, permitieron descubrir la composición neuronal. Con el consiguiente cabreo monumental de la potente escuela alemana de histología, que hasta entonces defendía la teoría reticular del sistema nervioso central.
Esa, estimado lector, sí que es otra buena historia.

Neuronas